Luna Negra de Ronald Gallardo, Calle Magnolia es un torrente a la memoria intima y colectiva. Viene de una generación que pasó bala. Es un trayecto poético entre lo personal y lo político, entre el deseo carnal y la militancia. En donde el amor vivido no se refugia en lo individual, sino que, hace una resistencia frente a la opresión.
Convive con calzones olvidados y con la Rosa de Luxemburgo armando una molotov en el hablante. Con Marx, Víctor y Los Prisioneros en jornadas de protestas ochenteras, formando un almanaque que desoculta la poesía erótica combatiente. Por eso Ronal no solo pasa bala, sino que la detiene y la patea, pero también se le incrusta porque aquí no existe poeta que en esta vida pueda salir ileso.
En Luna Negra hay una cierta ternura de un padre en calzoncillo, en una madre que fuma, en una perrita que se le cuida, pero esa ternura tiene el lado oscuro de la luna con la persecución, la represión, las heridas, nuestros y nuestras desaparecidas. El poema no se limita a la nostalgia: es también un agradecimiento, una celebración dolorosa pero luminosa. En su enumeración casi infinita palpita una convicción: lo que fuimos, lo que sentimos, lo que construimos con amor y con rebeldía, sigue estando vivo.
Este libro Luna Negra también viene a hablar un poco con Pájaros Salvajes, poemario de Ronald que el grandísimo poeta nacional, Edmundo Herrera lo describe en su prólogo, robándome las palabras: “Ronal Gallardo emociona con su vital entrega. …sus bolsillos están llenos de estrellas viajeras.”. Y como digiera
Gabriel Celaya: “la poesía es un arma cargada de futuro” bien lo sabe Ronal Calle Magnolia, porque va por las calles recogiendo los casquillos que nos quiso matar la primavera y los recoge en la calle Santa Fe y se llama Miguel, y lo recoge en Las Rejas con 5 de abril y se multiplica en Vergara Toledo; o también en Bulnes a metros de la ancha Alameda y es Jecar. La poesía de Ronald Gallardo ama luchando, lucha amando, no hay concesiones en el hablante lirico, su lectura es un claro resistir y acariciar con el cuerpo desnudo en la memoria con todas sus formas de luchas.
Palomo Arriagada
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