Hay honores que no se anuncian: se sienten como una respiración honda antes de lanzarse al agua fría. Cuando Vicente de la Serna —pintor, poeta y antiguo luchador contra la dictadura militar en Chile— me pidió que escribiera el prólogo de “24+1 Podcast para van Gogh”, comprendí que no se trataba solo de un gesto literario. Era una invitación a entrar en una zona de riesgo. A asumir, desde la escritura, una historia atravesada por la violencia política, el exilio y la persistencia del arte como forma de resistencia.
En julio de 2025, desde Alemania, el país donde Vicente reside hace años me contactó para pedirme este honor de prologar su poemario. Y lo hacía desde aquella Alemania que no es un simple dato geográfico en esta historia. Es un territorio cargado de memoria, de cicatrices visibles e invisibles; un país que conoce en su carne el peso del siglo XX y que, al mismo tiempo, ha hecho del ejercicio de la memoria un acto ético. Un compañero poeta que enfrentó la dictadura chilena, que supo lo que significa el miedo organizado y la dignidad clandestina, encuentra en este suelo europeo otra forma de interrogar la historia.
Cuando leí el manuscrito por primera vez, supe que no estaba ante un libro complaciente. No hay en estos poemas una búsqueda de consuelo ni una estética del adorno. Tampoco un nihilismo de salón. Lo que hay es una experiencia lectora que empuja, que incomoda, que instala al lector en la médula contradictoria de nuestro tiempo. Vicente no escribe desde la neutralidad: escribe desde la herida, pero sin victimismo; desde la memoria, pero sin panfleto.
La conciencia aguda del absurdo, la épica íntima de seguir vivo —aunque no ileso—, la sospecha frente a los discursos del progreso, todo ello atraviesa el poemario. En “Alegría”, por ejemplo, esa palabra que podría sonar ligera es intervenida con una ferocidad que la vuelve incómoda: vivir el día no es celebrar, es resistir. Es sostener el cuerpo en medio del desgaste.
Antes de ser poeta, Vicente es pintor, y esa condición no es decorativa. La mirada pictórica estructura el libro. Cada poema parece un lienzo en tensión: planos que se superponen, imágenes que colisionan, referencias culturales que conviven en una horizontalidad provocadora —Dalí y TikTok, Mussolini y Frida Kahlo— como si la historia y el algoritmo compartieran el mismo muro. No hay jerarquías estables. Hay un mundo fragmentado que el poeta recompone sin intentar ordenarlo del todo.
Escribir el prólogo implicó asumir esa polifonía. No podía hablar del libro como quien clasifica una pieza estética en una vitrina. Sino tras algunas conversaciones con Vicente por videollamadas reconocí en él que había un manifiesto íntimo. La figura femenina, multiplicada, deseante y política, no es musa pasiva sino fuerza en disputa. El amor no redime ni salva; resiste. El erotismo no celebra la carne como espectáculo, sino que la expone como territorio de batalla. En ese sentido, una lectura desde Georges Bataille no es gratuita: el erotismo aquí es experiencia límite, transgresión, acceso a lo sagrado profano. En estos versos hay luz y oscuridad entrelazadas. Hay ternura, sí, pero también un puño cerrado. Y ese puño no es odio: es dignidad. “24+1 Podcast para van Gogh” es un libro que reconoce el deterioro que nos habita, pero se niega a rendirse a él.
Aceptar el honor de prologar esta obra fue aceptar una responsabilidad ética. No se trata solo de presentar un libro, sino de acompañar una voz que ha decidido no olvidar. En tiempos donde la velocidad consume la profundidad, donde el mercado domestica la rebeldía, Vicente de la Serna escribe con una oreja amputada que aún escucha. Escucha el caos, pero también la sutileza que puede salvar el trazo.
Si algo quise dejar claro en aquel prólogo es que esta poesía no promete sanar. No ofrece redención fácil. Muestra la carne. Y, sin embargo, en esa exposición brutal hay una forma de esperanza: la de seguir creando aunque no estemos ilesos. Porque la ilusión de la indemne pureza es enemiga del arte verdadero.
Escribir desde Alemania, para un poeta chileno que luchó contra la dictadura, es un acto de memoria que hay que resaltar. Un puente entre geografías marcadas por la historia. Y, sobre todo, un recordatorio de que la poesía —cuando es honesta y feroz— no adorna el mundo: lo enfrenta.
Ese fue el honor. Y también el compromiso.
Palomo Arriagada
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